Relato: Ausencias

Sentada junto a la ventana contemplaba la lluvia, inmersa en una absoluta melancolía. Estaba convencida de que si dejaba que el tiempo se escapara, con cada latido de su corazón, acabaría empañando sus emociones, hasta diluirlas en la nada

Salvo que la nada era lo que llenaba su cabeza de dudas; la nada consumía sus horas, sus sonrisas, su esperanza y su destino; la nada era ese ninguneo imperceptible que iba minando su entereza, arrebatándole cualquier esperanza de ser feliz.

El agua recorría los cristales en cortos regueros irregulares, como dedos retorcidos que no encuentran su camino, como sus lágrimas, como sus emociones. Más allá estaba la ciudad, mansa y gris, distante y rumorosa. Un constante ronroneo brotaba de ella, amortiguado bajo las nubes negras de un  encapotado cielo nocturno. Era el pulso cadencioso de la vida que llenaba sus calles, una vida que ella no entendía en aquel momento, porque le era ajena y extraña; una vida con la que hacía tiempo que no podía conectar, una vida absurda que tendía a perpetuarse sin descanso ni objetivo aparente.

Laura cerró los ojos y se volvió para mirar una vez más a su marido, en la cama.

Deseaba acercarse y decirle algo, aunque sabía que no obtendría respuestas; volver a acariciarle, acercarse a él, abrazarle… Siempre deseaba hacerlo, mientras que él solía mostrarse incómodo, y procuraba acortar el contacto con ella enseguida; se revolvía y carraspeaba hasta que lograba desembarazarse de su afecto. Yale no era muy dado a las demostraciones de cariño. ¿Por qué se había casado con él sabiendo que nunca sería capaz de amarla como ella necesitaba?

Se encogió de hombros desprendiéndose de aquel incipiente resquemor que aguardaba agazapado bajo su melancolía.

Llevaba horas junto a aquella ventana. Él estaba acostado de lado, dándole la espalda, en el mismo lecho que habían compartido tantos años de silencios y soledades… Le observó. Estaba tan ausente como lo había estado siempre. ¿Qué había cambiado en realidad?

Todo, y nada.

Eso era lo que la mantenía anclada a su puesto de vigía, un miedo perverso a que nada hubiese cambiado en realidad. La lluvia golpeaba los cristales, y el tic tac del reloj sonaba en la quietud del dormitorio. La penumbra difuminaba las formas de los muebles, y también la figura de su esposo. La manta se le había enredado en las piernas y le tapaba sólo hasta la cintura, de manera que su camiseta azul quedaba a la vista. La luz de la farola que había bajo la ventana iluminaba en parte la estancia, provocando irregulares sombras sinuosas en las paredes, como caprichosas proyecciones de la lluvia en los cristales. Laura miró el reloj. Eran las tres de la madrugada.

La impaciencia preñó su soledad de angustia.

Entonces abandonó su lugar junto a la ventana y avanzó de puntillas hasta situarse junto a la cama, dudando si... El suelo estaba fresco. Se quedó un momento indecisa. Su sombra se proyectaba sobre Yale. Alargó la mano y se agachó para acercarse. Necesitaba tocarle, sentir que era real, que estaba allí, aunque no fuera a despertarle. Sus dedos quedaron suspendidos a escasos centímetros de su pecho, a punto de rozarle. Luego apartó la mano.

Al fin y al cabo estaba muerto.

Estaba muerto, lejos de ella, ausente de todo, para siempre, como siempre.

El corazón había dejado de latir en su pecho en algún momento imperceptible. Qué caprichosa es la muerte, qué veleidosa es la vida. Yale... un desconocido.

Laura regresó junto a la ventana y se sentó, dispuesta a dejar que el tiempo se deslizara hasta el amanecer. Miró hacia la ciudad durmiente, a través de la lluvia. Yale ya no estaba, en realidad nunca había estado, no para ella. Tuvo miedo, miedo al vacío que la ausencia de su esposo dejaba tras él. Miedo a sentir, a renacer, a vivir. Tuvo miedo de volver a ser feliz.

Y también tuvo miedo de no sentir nada.

© 2017 Maite R. Ochotorena


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