23 de noviembre de 2016

Yo Decido

Ya no puedo más.

Lo que pienso… ¿me coloca a un lado o al otro de la línea que separa el bien del mal? Se revuelve, lo oigo al otro lado de la puerta, arañándola con las uñas, gruñendo como una bestia dispuesta a devorarme si le doy la ocasión, y no siento nada…

Creía que el odio me inundaría, que la rabia, el despecho, el miedo acumulado, las lágrimas, el dolor, la desesperanza… creía que mi cólera se enardecería, que nublaría mi entendimiento…

Pero no siento nada.

Estoy vacía, como una muñeca desinflada que no encuentra con qué llenar el hueco que él ha dejado dentro de mí. Soy una cáscara, no me queda nada. Me ha sorbido la vida, gota a gota…

Estoy extenuada. El tiempo se ha detenido, la vida se ha detenido.

Aquí, de pie en medio del pasillo de lo que una vez debió llegar a ser un hogar, no reconozco nada. Ciega, viviendo sin vivir, físicamente aquí, pero ciega. La mordaza del dolor acallaba mi voz. Pero es su férreo dominio lo que me aprieta las carnes de miedo, es su desdén, su palabra hiriente la que empequeñece mi día a día, su juego brutal al desconcierto el que me mantiene flotando en un limbo eterno de dudas.


Le oigo retorcerse, y sé que está furioso. Casi puedo imaginar la expresión de su rostro, esa máscara déspota que llevo grabada a fuego en el corazón. Sé que su boca se tuerce en ese gesto tan suyo, señal de tempestad. Sé que le tiemblan los labios, que sus ojos oscuros brillan con dureza, que aprieta los puños de prepotencia… Lo percibo y se me clava en la piel, y me ahogo…

Pero la puerta es mía, ¿verdad?

Pienso, pasan unos minutos, y algo se abre camino desde algún rincón enterrado en mis sombras, en el olvido de quien fui una vez. Ese algo va tomando forma, y miro la puerta. Escucho sus zarpazos, se revuelve, hay un tumulto en este cajón desastre, golpea las paredes, la bestia negra se retuerce, como un gato vivo atrapado en una caja de cartón. La puerta es mía…

Tengo la llave. La observo en la palma de mi mano, brillante y metálica, tan fría que quema. La arrojo por la ventana. La puerta es mía, y lo que hay dentro… eso no es mío, eso nunca debió estar aquí, eso nunca debió entrar…

De hecho, yo decido.

Hay una lata de gasolina en el garage.

©Maite R. Ochotorena

21 de noviembre de 2016

Otoño

Cierra los ojos y déjate llevar... El viento susurra y caracolea revolviendo tu pelo, el sol se derrama sobre tu rostro, cálido, agradable... Huele a otoño, huele a tierra húmeda, a lluvia reciente, a paseos vespertinos entre ocres y rojo fuego, huele a pasado, a nostalgia, a juegos de niños.
Cierra los ojos y aspira lentamente, mientras el tiempo se cuela por tu nariz y serpentea como un reguero cosquilleante a través de tus venas, por todo el cuerpo. Huele a otoño, a tardes cortas, a lluvia lenta y suave, a charcos y a castañas, huele a viejo, a curtido, a recuerdos que acumulan polvo bajo tu cama...
Lo bueno del otoño es que la prisa se pierde camino adelante, te deja atrás en su afán por avanzar, mientras tú te recreas en esta melancólica mañana sin medir tus pasos. Lo bueno es que puedes saborear este lapso robado al invierno que se acerca, meciéndote en el reposo que duerme en el regazo de los reencuentros, de los pasatiempos, del café al otro lado del cristal, mirando la lluvia... Lo bueno es escuchar esa melodía que parece escrita para ti, sonando alrededor al compás de tu perezoso devaneo, te apetece bailar despacio, arrebujada en tu abrigo, mientras se desprenden las últimas gotas del verano y se acumulan a tus pies, formando dibujos gastados, un mosaico agridulce que invita al descanso...
Cerrar los ojos y atrapar este regalo dulce sin querer abrirlo, deseando saborearlo. Su olor, su sabor, su tacto... Bailar el otoño es balancearse al son del tiempo detenido, sin agujas ni prisas, adormecidos los sentidos, brillantes los ojos de emociones y recuerdos... Lo bueno es perderse en ese sendero extraviado, y que cuando el invierno nos encuentre hayamos atrapado el secreto que andábamos buscando.

©Maite R. Ochotorena

15 de noviembre de 2016

Entrevista en Hoy por Hoy



Como sabéis, hoy me han entrevistado en Cadena Ser, dentro del programa de Radio Haro, con motivo de mi próxima presentación de «El Destino de Ana H. murria» en Haro el viernes día 18 de noviembre a las 20:30, en el Palacio de Bendaña.
La entrevista comienza en el minuto 20'41" y dura unos siete minutos. Espero que la disfrutéis, gracias por estar ahí.

¿Qué os ha parecido? Déjame tus comentarios, me encantará escucharlos.


Entrevista en Cadena Ser

¿Te apetece saber un poco más sobre «El Destino de Ana H. Murria»? A la 13:15 estaré en Cadena Ser en directo con Mariola. Puedes escucharlo en directo pinchando en la imagen:




14 de noviembre de 2016

«El Mas Rápido», un relato de intriga



Todos los días a las nueve en punto estarás en tu sitio, preparado para salir en cuanto llegue el primer encargo, con tu bici a punto. Nada de, «es que me he dormido», «es que el tráfico», «es que...». Nada de eso. O estás aquí a las nueve o te echo –Juan Carlos removió su corpulenta personalidad en la estrecha silla sin apartar la mirada del par de folios que sostenía ante sí (el currículum de Reno). No lo estaba leyendo, ni lo iba a hacer, pero aparentaba darle mucha importancia–. Si no cumples las expectativas y te retrasas en las entregas, te echo. Si faltas, me da igual el motivo, te echo. Si no vas a estar dispuesto a salir los sábados, mejor te vas. ¿Queda claro?
–Sí, muy claro –Reno no dejaba de sorprenderse ante aquel peculiar personaje, una montaña de grasa, desaseado, práctico y poco amigable, que acababa de contratarle como repartidor en bici de correspondencia. Se suponía que le aceptaba por ser, según sus propias palabras, “el corredor sobre dos ruedas más veloz de toda la ciudad”, no por sus aptitudes personales, su encanto, su don de gentes, su expediente académico o su experiencia profesional, sino por ser un as con su bici, y por supuesto, por conocer al dedillo todas las calles, atajos y entresijos de la ciudad–... ¿Y los encargos durante el reparto?
–De eso no te preocupes. Todos nuestros repartidores están en contacto con la central en todo momento a través del móvil –Juan Carlos le entregó a Reno un Nokia con Bluetooth para que lo probara–. Una de nuestras chicas será siempre tu enlace, te irá informando de cualquier imprevisto. Los clientes suelen cambiar de opinión en cuanto a las horas de entrega o recogida, y eso no debe afectarte en tu ruta. Tienes que ser ágil y modificarla de modo que no alteres el resto de las entregas, si recibo la menor queja...
–...te echo –murmuró Reno.
Juan Carlos se reclinó sobre la asfixiada silla abombando aún más sus ya encorvadas patas, incapaces de soportar su tremendo peso, y estudió a Reno detenidamente. El sudor perlaba su frente a pesar de que la temperatura de su despacho era muy agradable, y sus ojillos brillaban inexpresivos tras las gruesas gafas de montura metálica. Era imposible adivinar qué pasaba por su mente durante aquel exhaustivo examen, pero el joven Reno pareció haberlo superado satisfactoriamente, porque de pronto se levantó y extendiendo la mano dijo:
–Empiezas mañana mismo. Tu enlace en la centralita será Montse. Cuando llegues, en tu casilla encontrarás el «planning» de entregas. No te retrases o...
– ¡No llegaré tarde... –se apresuró a responder.
Reno estrechó aquella mano fláccida y húmeda con la suya, firme y seca, y no pudo evitar la repulsión que le produjo su breve contacto. Sin embargo se abstuvo de mostrar el menor desagrado. La entrevista parecía haber finalizado, así que lo mejor sin duda sería desaparecer rápidamente. Mientras recogía su mochila y su chaqueta de pana, aquel hombretón ya le había olvidado por completo y se hallaba sumergido en un cajón de su escritorio mascullando por lo bajo algo ininteligible.
–Hasta mañana entonces...