16 de enero de 2017

Rompiendo las barreras

Voy a romper mis pérdidas, a golpe de traición, porque sólo así podré escapar de esta vida estéril que me mantiene inerte, como una máscara sin vida, a través del tiempo.

Voy a contar hasta diez antes de sumergir la cabeza en este pozo sin sentido que suma mis días, porque para saber quién soy necesito mirar atrás, hacia esa sombra que me envuelve.

Voy a tener que tomar mi conciencia al asalto y hundirme hacia el confín de este reino del horror inmóvil donde nada cambia, y el castigo permanece.

Rompiendo las barreras


Mi historia no es una historia común, es la historia del miedo, mi miedo, el que siempre me ha acompañado; ese miedo que doblega todos los sueños y devora el alma; ese miedo que se impone en cada decisión que no tomas, el que te hace vacilar toda la vida, eternamente… el que tira de ti en la corriente, y hace que te pierdas en un bucle sin fin, hasta agostar quien eres, hasta un infinito gris que se bebe tus lágrimas, sin medida, cada vez que te miras en un espejo.

Y después…

Voy a agostar este silencio que duerme, raído y vasto, consumiendo el aire que respiro. Voy a ser hostil con este duermevela inconsciente en el que se mece mi memoria, para poder respirar, y hacer que mi corazón bombee de nuevo, como si una horda salvaje se abatiera sobre mi cobardía, al son de un tam tam imaginario que se deja sentir, que retumba en mis entrañas, que aturde y arrasa con ése que arruina mis intentos, con ése que era yo, y que no soy yo…

Quiero beberme la vida, a tragos, a tragos… Quiero saciar esta sed que se quedó a medias, quiero extender la mirada y no ver horizontes, sólo un símbolo de infinito abierto a una eterna posibilidad de ser auténtica en este mar apacible donde nada cambia, donde todo se duerme.

Voy a romper mis pérdidas a golpe de traición, voy a devastar el bastión inexpugnable y a cruzar todos los fosos, y a trepar a lo alto de ese muro, y a saltar al otro lado… Voy a romper esa falsa promesa con que un día rubriqué mi derrota más íntima, sin concesiones, sin cláusulas de letra pequeña, sin espacio para ti.

Voy a arrasar este mapa estéril para trazar un nuevo paisaje, a mi medida.

Ahora sí… Ahora sí.

11 de enero de 2017

El desnudo


Cuando uno se desnuda, le otorga a la intemperie el dudoso honor de profanar sus secretos, le entrega una daga afilada, con la curva de la duda sellada en su filo.

Cuando uno se desnuda, se expone a la verdad que otros contemplan, se muestra sin tapujos en un cuadro observado, ante una platea de intérpretes sin más vista que la de un miope que sólo comprende lo que su experiencia le susurra al oído, sin más juicio que el de una vida efímera, limitada al confín de sus dominios.

Cuando uno se desnuda, y muestra sus entrañas, baila una danza peligrosa, camina de puntillas siguiendo el trazo de esa fina línea que discurre entre la verdad y los secretos, entre lo cierto y lo incierto, entre lo que aparenta ser… y lo que es. Lo que la luz muestra, las sombras lo enturbian, lo que queda a la vista, muta, y ya no es, no permanece, igual que lo que una vez fue se desdibuja según quien oye la historia, según el día, según la noche, según…

Cuando uno escoge estar, y abarrotar el hueco de lo que alguna vez quisiera llegar a ser, abandona una sombra nostálgica que siempre le acompaña, como el recuerdo del espacio que ocupó, un pozo profundo al que se asoma el espectador, hurgando con el dedo del destino… en busca de retazos que le hablen de ese personaje que sale a escena, más que él mismo.

Cuando uno se desnuda, se otorga a sí mismo el don de la excepción, un salto al vacío, se concede el valor de quien quiere avanzar, a pesar de sí mismo.

© 2017 Maite R. Ochotorena


9 de enero de 2017

Se me vence la vida...

Leer
Al leer estas páginas mi voz se conmueve, como ese hilo trémulo que baila con la brisa, como si la letra que las tiñe pudiera rasgar también el alma; como si, dotadas de voluntad, pudieran penetrar la carne y preñarla de sonrisas amargas, de nostalgia, de pena atravesada, como la que se me cuelga por las mañanas.

Al leer entre líneas, ese aroma apaciguado de la tinta marchita se confunde en el ambiente y me trae recuerdos, recuerdos adormecidos en el tiempo. La memoria me traiciona, y da rienda suelta a la emoción, que se desboca, y algunas lágrimas se vierten y empapan tus palabras, como si pudieran emborronar su significado, más allá del momento en que fueron escritas, más allá de tu propio llanto; se cuelan profundamente en el papel, y penetran con ellas la negrura y el dolor, ahondando la herida, si es que se puede dañar el recuerdo plasmado en una hoja, una vez más, ahora que no estás...

Quiero arrugarte y perder tu mensaje en esos pliegues iracundos que mi mano apresa en un solo gesto tardío, pero no puedo... Tu voz se me ha colado en el pensamiento y ya trasciende mis muros, los del olvido, los del miedo. Tu voz aúlla en mis oídos, y esas líneas apretadas que tu mano escribió a escondidas me atraviesan para arrebatarme la ilusión de haber engañado al tiempo y a mí mismo.

Al vagar a través de tu letra menuda, meciéndome en sus curvas, entre trazos dibujados, se me abre una brecha en el alma y reconozco la herida, honda y hueca... Porque no estás, y al leer tus palabras, gastadas por los años y mi ignorancia, se me vence la vida, se me vence la vida... porque no estás, se me vence la vida.

©2017 Maite R. Ochotorena

7 de enero de 2017

Y aquí estás

Y Aquí estás

Una puerta de salida y otra de entrada, así rumoreaba la vida antes de conocerte, antes de que el pulso se me desbaratara, durmiente como estaba, y se preñara de esperanza.

Un portón de recelo y disturbios envenenados, así se cargaba mi alma de sombríos pensamientos, antes de que pasaras a mi lado y me reventaras esta armadura codiciosa de una seguridad ficticia, a la que tanto me aferraba.

Un puente derruido por el tiempo que ese retrato feo me dejó como regalo, un camino insano y un montón de polvo que era mi sonrisa desmenuzada de tanto retenerla entre tristezas y desilusiones. Un pozo sin cuerda, tan hondo que las cadenas faltaban, allí donde la oscuridad de la rutina más insidiosa era suficiente para mantenerme atrapada…

Hasta que llegaste tú y reventaste la puerta, hasta que llegaste tú y me mostraste y demostraste, hasta que llegaste tú y pintaste un camino nuevo alrededor, con esas manos que adoro, con esos ojos que ma atraen hacia la luz, lejos del olvido, del encierro, del miedo… Hasta que llegaste tú y fuiste tú, y permaneces tú, sólo tú.

Atrás, el viento malhumorado, atrás la pena, atrás el castigo.

Hasta que llegaste tú,

y así me baila la vida, como un reguero imparable de sonrisas y amores… 

Y aquí estás, a mi lado, y aquí estoy, a tu lado…

@2017 Maite R. Ochotorena




5 de enero de 2017

Islas

Levantar la vista y no ver, alzar la voz y no ser escuchado, vivir rodeado de gente y sentirse solo, como si el ser humano se hubiera devorado a sí mismo hasta perderse en el vacío.

Damos vueltas y no le encontramos sentido a este día a día bochornoso; estamos frustrados, y no nos damos cuenta de que buscamos donde no es. Estamos tan acostumbrados a llevar este ritmo frenético que somos incapaces de comprender, y no sabemos, y no entendemos, y estamos solos, somos islas, centenares de islas, millares de islas, flotando en un océano absurdo, a la deriva de un progreso que prometió bienestar, felicidad, justicia, igualdad, entendimiento… y nos ha traído soledad.

En un mundo donde las oportunidades que debían ser para todos se van reduciendo, donde nos cuesta levantar la vista para ver al de al lado, en una rutina que nos impide sonreír cuando entramos en una tienda, frenar para que otro pueda salir del aparcamiento, sostener la puerta al que trata de pasar… En una civilización donde desconfiamos, sí… ¿Acaso no frunces el ceño si alguien se te acerca para preguntarte algo? ¿Acaso no sientes un impulso de alejarte, acaso la duda no te hace ser receloso? ¿Acaso no te sientes molesto si alguien se pone a hablarte sin conocerle? ¿Acaso no juzgas al otro sin conocer su historia? No siempre es así, pero seguro que te reconoces en ese temor ante el resto. Cuando tratamos de colarnos y llegar primero, cuando miramos hacia otro lado al pasar frente al arrodillado que pide en la miseria, cuando nos sentamos junto a nuestra pareja sin compartir nada porque estamos absortos en una pequeña pantalla luminosa que nos comunica con un mundo virtual, cuando callamos al ser testigos de una agresión o un engaño… Cuando caminamos huraños, maldiciendo nuestra vida sin hacer nada por cambiarla, porque somos incapaces de llenar el vacío inmenso que llevamos por dentro, una gran nada alimentada por todo ese ruido exterior. ¿Necesitamos ese ruido? ¿Somos adictos a las mismas cosas que nos aíslan? No sabemos con qué llenar la soledad, porque no sabemos quiénes somos, y no sabemos quiénes somos, ni lo que queremos en realidad, porque el bombardeo de propaganda, la verborrea continua de la televisión, el ataque inmisericorde con que esta sociedad nos agrede, día a día, lo llena todo, y nos vacía de lo que somos, o debíamos ser… Y ya no nos levantamos para defendernos. Estamos extenuados. Y tenemos miedo.

No me extraña que estemos frustrados, furiosos, enfadados. Y no sabemos por qué. Estamos tan aturdidos, tan agobiados con sacar adelante esta vertiginosa vida que llevamos, que se nos pierden las cosas que realmente merecen la pena.

Si echáramos el freno podríamos ver a los demás, navegando a nuestro lado, cuando creíamos estar solos.

No estamos solos. El ruido no acallará nuestros problemas. El ruido es el problema. Apaga la televisión más tiempo, deja el móvil y sal a la vida real, lee, reflexiona. En un mundo donde la información lo invade todo, incluso nuestra intimidad, se hace imprescindible aprender a desconectar, para que nuestra mente aturdida se relaje y el estrés desaparezca, y puedas ver lo que tienes alrededor, y disfrutar del momento, y escuchar de verdad, y sonreír, y no sentir todos los problemas del planeta sobre tu espalda. Nos saturan con malas noticias, con todos los horrores de los que es capaz el hombre, minuto a minuto. Nos saturan con publicidad, nos acosan para que comamos, bebamos, o dejemos de hacer, nos dicen cómo vestir, nos incitan a consumir, todos quieren que les compremos a ellos, que comamos sus productos, que contratemos sus servicios, que… RUIDO. APAGA. UN RATO. APAGA. DESCONECTA… Hazlo a menudo, y ve reduciendo el tiempo que te expones a este ruido infernal. Para ser tú mismo.